domingo, 14 de febrero de 2021

Las matinés de los cines de barrio

 


Las matinés de los cines de barrio

En este mundo tan diferente en que vivimos ahora, donde todo cada vez es más virtual y menos tangible o material, nadie, salvo los viejos, conocen que era una matiné.

De varias décadas atrás data un chiste contado por el inigualable Guillermo Alvarez Guedes que nos hablaba sobre un hombre que había alquilado un teatro porque iba a hacer una función especial el sábado por la noche con la presencia de Frank Sinatra.  Vendió todas las entradas y hasta hubo gente que se atrevió a ver la presentación de pie porque ya no había capacidades.  

Al llegar la hora fijada para comenzar el espectáculo y no aparecer Sinatra, la gente se inquietó y comenzó a gritar porque se sentían estafados.  El dueño del teatro le dijo al promotor que tenía que darle frente a aquello porque la gente estaba incontrolable y hasta podían darle candela al teatro.  El hombre se paró en el escenario y contó:

Yo se que ustedes están molestos, pero lo cierto es que Sinatra no va a venir esta noche, es solo un truco que utilicé porque a mí la vida me ha golpeado muchísimo, mi esposa me dejó solo con tres hijos, mi perro se escapó y no ha regresado, me botaron del trabajo y no tengo dinero para pagar el alquiler y darle de comer a mis cuatro hijos, los que además están con sarampión y no tengo cómo comprar las medicinas, por eso tomé esta mala decisión y les pido me perdonen, estoy muy avergonzado.

Al ver al hombre con lágrimas en los ojos, uno de los espectadores se levantó y dijo:

- Vamos a perdonar al hombre, que bastantes desgracias tiene... y a ello se le sumaron otras voces y todos comenzaron a retirarse, compadeciéndose.

Y justo en el momento en que salían del teatro, dijo el estafador: 

 ¡Ah y recuerden que mañana hay matiné!...

Los más jóvenes es posible que no hayan entendido el chiste, pero la matiné en mis tiempos infantiles y juveniles era el momento más esperado de la semana, un suceso con mucha expectativa y para el que nos preparábamos desde el mismo momento en que se había terminado el espectáculo.

                       El cine Edison, en Calzada del Cerro y Zaragoza

El cine de barrio, un fantasma que nos persigue.

La aparición primero de equipos de reproducción analógicos y más tarde de soportes digitales, a las que se ha sumado ahora las transmisiones por Internet y el streaming, repercutió escalonadamente y con mucha fuerza propinándole a las salas de cine un golpe casi mortal.   

A pesar de todos los avances tecnológicos el cine sigue siendo una industria muy floreciente y sus productos cuentan con grandes campañas de publicidad y que en su momento fue catalogado como el séptimo arte y sumado a las seis artes del mundo clásico (pintura, escultura, arquitectura, música, danza y literatura), pero ha sido mucho lo que ha llovido desde el cine mudo de los hermanos Lumière hasta el cine digital de nuestros tiempos.

                                                    IMAX, estás dentro del filme

Los cinematógrafos se han reinventado y existen muchas variantes para atraer a espectadores, como son el IMAX con películas en 4K o 3D y sonido Dolby Sorround, los cines restaurante o los cines dormitorio, los que exclusivamente están dedicados a las películas de estreno y en particular a aquellas en las que la industria ha hecho grandes inversiones. Unas salas cuentan con las tradicionales palomitas y los refrescos gaseados, mientras otras tienen auténticos restaurantes con una oferta muy amplia y bebidas de todo tipo, incluyendo vinos y bebidas alcohólicas.  También hay cines con asientos tipo cama, con mandos con los que se puede reclinar a tu gusto el colchón, y hasta cines flotantes, las variantes son infinitas, porque hay que atraer a la gente, que saben que van a ver lo mismo que pueden hacer en su casa con toda la comodidad del mundo.

Y por lo regular, la mayoría ha ido o está yendo del rollo de película hacia el Disco Duro y su distribución ha pasado de física a virtual, mediante acceso a Internet o satelital, pero al final ya no se diferencian mucho de los equipos y sistemas que tenemos en casa y sin duda alguna Netflix y otros servicios digitales son más cómodos, eficientes y baratos.

Es por ello que se ha producido un fenómeno mundial, la desaparición de los cines de barrio, y en el caso de Cuba, en específico en La Habana, que llegó a ser la ciudad donde más cines había, tiene una connotación muy triste pero que hubiera sido inevitable con revolución o sin ella.  Y junto con las salas de cine se fueron las matinés, o más bien las que quedaban porque con la nacionalización de los cines, este espectáculo fue feneciendo, como casi todo lo agradable.

La Matiné

La palabra es de origen francés, "matinée", y viene de "matin" (mañana) y a su vez del latín "matinum", por lo que debía referirse a una función cinematográfica, teatral o musical o un acto social o cultural que se celebra por la mañana.   Se emplea en algunos países para referirse a la primera función que en pocas ocasiones es en la mañana y normalmente se usa para funciones al mediodía o en las primeras horas de la tarde.

Y en Cuba la matiné era ese momento de la semana en que los muchachos íbamos al cine para saber el desenlace de las series con las que no habíamos enganchado y que siempre terminaban en un clímax donde "el muchacho" estaba a punto de ser devorado por un pulpo gigante u otro monstruo, lo iban a colgar de un árbol o estaba gravemente herido o a punto de ahogarse, pero siempre salía ileso de ese reto y el otro capítulo terminaba en algo parecido para que no nos perdiéramos la próxima matiné y tuviéramos toda una semana para elucubrar qué pasaría.

Si nos preguntaran cuántas horas hemos pasado cuando niños en las matinés del cine de barrio, probablemente ninguno sería capaz de responder, pero de lo que si no hay duda es de que estuvieron entre los momentos más felices de nuestra niñez.

Las matinés tenían una estructura muy parecida en todos los cines que la proyectaban.  Había que soportar primero los anuncios de los negocios del barrio: la pollería, el fumigador, el almacén de chinos, la panadería y dulcería, la ferretería, la lavandería, la farmacia y muchos otros.   Después seguían los avances de las películas que serían proyectadas próximamente y por supuesto de los capítulos siguientes de las series, para que no nos las perdiéramos.  Le seguía un muñequito o dibujo animado que era repetido cada pocas semanas, pero que disfrutamos igualmente. 


El escándalo de la matiné

No recuerdo haber ido a una matiné donde el cine no estuviera a lleno completo.  A algunos niños los padres los acompañaban, pero la mayoría íbamos en grupos o solos, con los amiguitos del barrio o los de la escuela, pues en ese círculo se comentaba lo que iban a presentar en la matiné.

La mayoría disfrutaba mucho las hazañas del cara cuadrada de Dick Tracy, el mejor detective del mundo y las series fantásticas como las de Buck Rogers con sus cohetes que parecían globos y sus correrías en el siglo XXV o las de Flash Gordon, siempre en crisis pero siempre victorioso frente al emperador Ming, y las atrayentes naves que echaban chispas parecidas a un poste de electricidad en cortocircuito, los hombres con alas y el científico con nombre ruso, el Dr. Zarkov.  Como a todos los niños les gustan los perros, nos deleitamos con Rin Tin Tin, que sigo pensando que actuaba mejor y era más inteligente que los actores de la serie.  Y no nos dábamos cuenta de que Buster Crabbe era el mismo que interpretaba tres de los personajes más populares de las series, Tarzán, Flash Gordon y Buck Rogers. Debe ser porque nos era más atrayente el malvado Ming en las aventuras de Flash y sus amigos en el planeta Mongo (había que ser mongo o mongólico para creerse esa historia).


De los seriales más abundantes, los del oeste, ni hablar porque aquellos personajes me parecían ridículos, era gente que se peleaba con otros cowboys o con indios, se arrastraban por el suelo, caían del caballo, le clavaban una fecha, lo mordía una serpiente de cascabel y le daban un tiro por cuyo orificio no sangraban y nunca se despeinaban, se ensuciaban o se les caía el sombrero.  A ello súmale una guitarrita con canciones ridículas, algo verdaderamente picudo, pero en verdad a los muchachos les gustaba aquello mientras yo odiaba a Hoppalong Cassidy y en particular a Roy Rogers.  Y otras series que eran del agrado de todos, pero a mi ya me tenía cansado como era El Zorro, lo que me hacía preferir a los viejos cowboys como Tim McCoy o Tom Mix y no importaba que algunas de sus películas fueran silentes, usaban unos sombreros ridículos que parecían un barquillo de helado y tampoco se ensuciaran, pero al menos no cantaban ni cogian la guitarrita.  Ni tampoco me afectaba porque en The Tim McCoy Show, el programa de televisión para niños, tuviera como compañero a Iron Eyes Cody (ojos de hierro), que hacía el papel de un jefe indio americano y era descendiente de italianos (su padre del sur de Italia, su madre siciliana y nació en Louisiana), pero parecía un Cherokee, como él aseguraba y estaba convencido que era, sufriendo un tipo de ilusión como la de Bela Lugosi, que se creía un vampiro y dormía en un ataúd.


Después cuando el cine se hizo más adulto (siempre saco el ejemplo de Unforgiven de Clint Eastwood) vimos que los cowboys no se bañaban, eran unos cochinos, vivían como unos salvajes y su muerte a menudo era muy cruel.   Y ya que entré en el tema, los cowboys o vaqueros tuvieron su origen en México y en el territorio que la Unión le arrebatara a ese país y entre ellos había blancos, mexicanos, indios nativos y negros.  Y el cowboy negro, hasta hace poco tiempo, Hollywood siempre lo ocultó.  El western o películas del oeste, se define por el WASP (blanco, anglosajón, protestante) sobre todo por el arquetipo creado por John Wayne y la propaganda de los cigarros Marlboro, como un tipo noble excepto con los indios, que todos eran unos asesinos cazadores de cueros cabelludos y les gustaba raptar mujeres blancas.  Pero la reallidad es que estudios muy interesantes nos dicen que más de un tercio de los vaqueros o cowboys de mediados del siglo XIX, cuando la explotación ganadera estaba en su máximo esplendor, eran negros o como se dice ahora, afroamericanos. Ese tipo de cosas, que abarcaron toda la vida norteamericana hasta hace poco menos de cincuenta años, y que mantienen una vigencia silenciosa, son de las que no les podemos perdonar a Hollywood.


Pero uno se divertía mucho sobre todo cuando el cine casi explotaba por los gritos al aparecer el “muchacho”, el personaje principal, con el que compartimos, como si fuésemos él mismo, sus victorias y derrotas y su alegría o tristeza, pero sobre cómo nos estremecíamos cuando estaba en peligro.

En ese momento cuando el “muchacho” estaba en una situación crítica, límite o comprometida, aunque sabíamos por experiencia que iba a salir de ella y no iba a pasar nada, nos angustiamos, aunque sin duda iba a aparecer una salvación inesperada.  No importaba que lo hubieran golpeado casi hasta matarlo, aunque no sangrara, lo amarraran con cadenas dentro de un tanque que se iba llenando rápidamente de agua o salieran de repente tiburones, caimanes o pulpos gigantes en el mismo, estuvieran a punto de partirlo en dos con una sierra gigante, indefenso amarrado a la línea del tren o a punto de caerse de un alto acantilado agarrado a un arbusto con una mano herida porque la otra la tenía inutilizada, siempre salía del apuro y en ese momento brincábamos de gusto y felicidad y solo esperábamos que llegara la justicia y los malos obtuvieran su merecido, algo que vimos al hacernos mayores que en la vida real no ocurre casi nunca.

Pero había otro momento que esperábamos ansiosamente, que el rollo de la película se partiera o rompiera, aparecieran unas manchas en la pantalla y se encendieran las luces, para aprovechar y gritar a todo pulmón: “¡cojo suelta la botella!” y chiflar hasta el cansancio.  Hasta nos molestábamos cuando apagaban nuevamente la luz y el proyector continuaba su labor.

Y al final volvíamos a la realidad cuando, a la usanza de la época, aparecía en la pantalla "Fin" o "The End", mientras que nos íbamos con la convicción de que todo lo que habíamos visto era real, no había trucos, dobles ni balas o explosiones fingidas o de utilería, ni efectos especiales, y los actores eran unos verdaderos héroes por hacer lo que hacían, de ahí que fueran tan famosos y sobre todo tan respetados.

Y algo que no he dicho: la matiné era el momento para demostrar que los más grandes o mayores en edad, ya éramos unos hombres y llegábamos al cine con dos cigarritos y los prendíamos y echábamos más humo que una locomotora de vapor, para que todos vieran que habíamos llegado a donde el resto no, mientras en la pantalla las películas, algunas todavía en color sepia o verde, como las de tarzán, de cowboys y otras, ya empezaban a interesarnos menos y sin saberlo, buscábamos otras emociones.


La película de la matiné

Seguramente de adultos hemos disfrutado de buenas películas, por su actuación, su argumento, su fotografía, su música, los efectos sonoros o visuales, la edición y todo lo que se relaciona con esta industria artística, pero seguramente que nunca nos hemos deleitado de la forma, ingenua tal vez, que lo hicimos cuando niños en las matinés del cine de barrio.

Normalmente las películas de la matiné eran de acción, de guerra, de cowboys, algo atrayente para los muchachos, que siempre nos íbamos complacidos de lo que habíamos visto, pero sin embargo había otras matinés que no nos gustaban para nada.

                                        El teatro Maravillas

Una matiné que no me gustaba

Cuando a mi madre o a mi tía o a ambas se les ocurría ir a la matiné del cine Maravillas, entonces se me desgraciaba el domingo. 

El Maravillas, del que me gustaba el restaurante que tenía a un lado y sobre todo el puesto de fritas y el de ostiones, no era un cine al que yo concurriera mucho, en realidad no iba nunca porque se especializaba en películas mexicanas, argentinas y españolas.   Después, ya mayor pude apreciar que esas cinematografías también tienen muy buenas producciones, pero entonces no las valoraba, es más, las despreciaba..

Pero el Maravillas, que también me gustaba porque situado en la misma esquina de Palatino y Calzada del Cerro, nos obligaba a pasar por un lugar frente a él donde se jugaba algo parecido a los bolos y el sitio estaba siempre repleto de españoles viejos.  Nunca pude saber cómo se llamaba ese juego, pero eran unas pesadas pelotas como de piedra que pretendían tumbar a unos bolos más rudimentarios de madera que se veían bien pesados.   Luego conocí que hay muchas variantes de juegos de bolos en España (burgaleses, murcianos, navarros, alaveses, leoneses, cartageneros, pallareses) y que se juegan en tres grandes modalidades: Bolo Palma, propio de Asturias y Cantabria, Bolo Leonés, propio de Castilla y León y el Bolo Asturiano, exclusivo de Asturias.  Pero me inclino a pensar, que el que se jugaba frente al Maravillas era el juego llamado Bolos de Cantabria, propia del norte y noroeste de España (Galicia, Asturias, Cantabria y de los centros de emigrantes de estas comunidades en América).

El juego de bolos me entretenía muchísimo pero el objetivo era ir al cine así que no pude disfrutarlo hasta ser mayor.  Y el otro asunto que me gustaba del Maravillas es que estaba a pocos pasos de la dulcería La Flor del Cerro, donde había una cantidad y variedad tal de dulces que de solo pensar en ello se me hace la boca agua.

Al final tenía un rechazo total para ir a la matiné del Maravillas que era exclusivamente con películas en español, casi siempre de amor y dramas y además había funciones en vivo de artistas conocidos como Olga y Tony y Manolo Fernández, no me olvido del día que proyectaron una película musical española cuyo nombre no recuerdo y que dio cuerda para hablar de ella semanas enteras.  A mi me gustaba escuchar a Juan Legido con los Churumbeles, pero las películas no las resistía.

Al final mis intereses estaban en otra onda, aquello me caía como una bomba y no dejaba de pensar lo que me estaba perdiendo en el Edison.

El cine de Bejucal.

Nada se parece más a un cine de barrio que el cine de un pueblo, con la diferencia de que la importancia de los cines de pueblo son, junto con la sociedad o el liceo y la iglesia, las mayores atracciones de su vida social.

De Bejucal, donde nací, nos mudamos a La Habana cuando yo tenía tres años, pero no dejaba de ir algunos fines de semana a ver a mis tías.  Recuerdo que se tomaba la ruta 36 que iba directo a Bejucal o se iba en la 76 hasta Santiago de las Vegas y allí se cogía otra para Bejucal u otra que iba hasta La Salud.   Soñaba con los dulces de Los Pinos Nuevos donde trabajaba mi tía o simplemente me conformaba con el arroz más rico del mundo, el que hacía mi tía Yoya en una cazuela de hierro y que quedaba desgranado y con una raspa tan deliciosa que no la he comido igual.

Y a menudo con mis primos, iba al cine de Bejucal a la matiné y aquello es algo inolvidable.  Y para mis primos el cine de Bejucal era como el ombligo del mundo, lo más importante que había para poder socializar y aprender.

El cine de Bejucal estaba a un costado de la Iglesia, casi frente al mesón del Gallo, se llamaba Martí y tenía una curiosidad: uno compraba la entrada y había que esperar pacientemente a que abrieran las puertas del cine.   Cuando ello ocurría, aquello era sálvese quien pueda, entraban todos a tropel a ver si lograban alcanzar el puesto que les gustara y si no a conformarse con el asiento que hubiera disponible.

Por supuesto que el cine se llenaba y tras ello venían tres personas, cada una por los tres cuerpos de lunetas, recogiendo los tickets de la entrada.  Resulta que había muchachos que se habían colado sin pagar y se ponían a correr y a esconderse bajo los asientos o hasta en el baño.  Supongo que cogerían a algunos y siempre habría quien era capaz de eludir ese control tan ineficaz.  ¡Tan fácil que es organizar la entrada por una sola puerta y recoger ahí los tickets!.

No dudo de la valentía de Audie Murphy, pero las balas no rebotan en los cuerpos, por eso Regreso del infierno es uno de los mayores “paquetes” que he visto

Pero eso era parte del show y la gente estaba encantada con esa persecución al estilo de una película de nazis.  Y hablando de ello en una ocasión vi en el Martí una película de guerra con la que los muchachos nos volvimos locos.  Se llama “To Hell and Back” o Regreso del Infierno de 1955 y que es una especie de biografía de Audie Murphy, un tipo bajito que parecía insignificante y fue el soldado norteamericano más condecorado en la Segunda Guerra Mundial, con 33 distinciones, todas las posibles a otorgar incluyendo la Medalla de Honor, el máximo galardón de Estados Unidos y también fue reconocido por Francia y Bélgica por su heroísmo.  Después de la guerra se hizo actor y esta película es una especie de biografía suya.  He vuelto a ver Regreso del Infierno y me sigue pareciendo un buen filme pero creo que exagera, algo propio de la época, donde la efervescencia del triunfo sobre el nazismo necesitaba reverdecer a tenor de la Guerra Fría, el heroísmo, no puesto en duda en ningún momento, pero tratado de forma que le puede parecer convincente a un grupo de niños, pero no a personas maduras, que pueden valorarlo como un “paquetón”.

Al margen de todo, ¡quién fuera niño otra vez, pero en esos tiempos!. Realmente no me veo esclavizado por la tecnología, a pesar de todo lo bueno que nos trae, pero que se usa muy poco.

Y por supuesto debo dar una evaluación de los cines de mi barrio.  La mejor matiné: la del Edison; la más ruidosa: la del México y la indeseable: la del Maravillas.

Pero esto no se acaba aquí, el cine siempre nos trae muchas memorias.

                 El Maravillas: el más bonito y grande, pero era el indeseable.





sábado, 13 de febrero de 2021

Yo soy de los Baby Boomers cubanos

 Yo soy de los Baby Boomers cubanos

Yo soy de la generación que en Estados Unidos llaman Baby Boomers, de aquella de los que nacimos después de la Segunda Guerra Mundial y hasta 1964, los que ahora tienen de 57 a 76 años de edad.  Y como nací en 1945 soy de los primeros Baby Boomers.

El masivo incremento de la natalidad tras el conflicto definió el nombre de esta nueva generación, que ahora cuenta con millones de personas

Se dice que esta generación se caracteriza por su independencia, su responsabilidad y su madurez.  Y ello está dado porque los años cincuenta fueron de hecho años de inocencia, el gran entretenimiento era el cine, que además era muy barato y era particularmente atractivo el ir a las matinés para darle continuidad a las series dirigidas a ese segmento juvenil.   Después el cetro lo iría ganando la televisión, donde Lassie y otras aventuras, sobre todo Patrulla de Caminos o La Ley del Revólver nos capturaron.  Los comics o muñequitos, también muy accesibles, estaban entre los entretenimientos preferidos y ello nos llevó a otra afición más seria y duradera: la lectura, en una época en que los libros también eran muy baratos. Y algo muy peculiar es que fuimos la primera generación que creció junto con la televisión.


Más tarde, la era de los sesenta definiría a los Baby Boomers.  La música y los cambios sociales dejaron una huella permanente.  La inocencia de la década anterior sería sustituida por el impacto real de la amenaza de una guerra nuclear, la Guerra Fría y las guerras como la de Viet Nam y otros conflictos que no daban tregua.  Cambiaron los pelados y la moda, muchos se desilusionaron por las cosas nuevas y por lo que sus padres consideraban escandaloso,  pero al final el idealismo de esos años hizo que surgieran verdaderos valores y sobre todo que nunca se perdiera la educación formal y el respeto a los mayores.  El asesinato del presidente Kennedy impactó de forma tal que en Estados Unidos se priorizaron los derechos sociales y de la mujer y se aprobaran leyes que ocasionaron un cambio político en ese país e impactaron en el resto del mundo, con excepción de Cuba, donde se había optado por un camino hacia el fracaso, el del comunismo. 

Por cosas como esa los Baby Boomers cubanos (ahora descubrimos que nuestra generación se llamó así) fuimos diferentes a los del resto del mundo occidental porque nos vimos atrapados en cambios políticos, económicos y sociales y en una cultura muy diferentes al mundo que habíamos conocido en nuestros primeros años.


En sentido general los Baby Boomers alcanzaron un nivel de educación mayor que ninguna otra generación anterior y el que no podía llegar a la universidad al menos aspiraba a estudiar en la Escuela de Comercio y dominar la contabilidad, las finanzas, la mecanografía y otras especialidades muy demandadas; gracias a los descubrimientos científicos aumentó la esperanza de vida y la mayoría lograron una existencia plena con actitudes responsables, ya que la vida a finales de los años cuarenta y cincuenta se centraba en la familia y ésta a su vez se centraba en los niños y su futuro.

No importaba cual fuera nuestra situación económica, todos comíamos lo que nos pusieran al alcance; los carros, del que tuviera, no poseían ni aire acondicionado ni transmisión automática; la leche la traía el lechero, una ocupación desaparecida, y la dejaban en la puerta de las casas y nadie se los robaba; los que podían iban al auto cine a ver las películas, lo que era toda una aventura;  todavía había películas en sepia o en color verde y la mayoría eran en blanco y negro; se podía fumar donde quiera: en las tiendas, en las guaguas, en los aviones, en el cine, en las oficinas, en los restaurantes y hasta en los hospitales, era raro que alguien no fumara; si disponías de servicio telefónico, muchas llamadas se hacían a través de una operadora; la televisión finalizaba sus transmisiones a medianoche con el himno nacional; los teléfonos tenían un disco para marcar los números y era muy común usar teléfonos públicos tragamonedas; el medio de comunicación más rápido y  usual era el telegrama, y la forma más común de comunicarse con la familia lejana o amigos era el correo postal; el conseguir y acumular sellos de descuento de determinadas tiendas era una  práctica usual y obtener gratis artículos con ello todo un suceso.


Para las niñas había disponible muñecas que hablaban, algo increíble; los niños disfrutábamos de las pistolas con fulminante, un rollito de papel con un poco de pólvora que hacía ruido y provocaba humo y nos parecía un disparo real y también el que podía, con los trenes eléctricos de juguete; la mayor aspiración de un niño o niña era tener una bicicleta Niágara; los juegos de mesa eran muy populares y pasábamos muchas horas en ellos, siendo los más usuales las damas, el parchís, las damas chinas, las cartas (americanas o españolas con sus diferentes juegos) y el más complejo y entretenido, el Monopolio; como todos los niños jugamos a la pelota con lo que fuera, inclusive a las cuatro esquinas con pelotas hechas con cajetillas de cigarros; el café se hacía con un colador de tela; la tecnología más avanzada estaba representada por las máquinas de escribir y las calculadoras; a los refrigeradores se les llamaba neveras rememorando aquellas que conservaban el alimento con hielo; el agua se tomaba directamente de la pila, y en algunos lugares después de filtradas; aparecieron masivamente muchos artículos para el hogar, en particular para la cocina, como batidoras, mezcladoras, hornos y cocinas eléctricas o a gas, planchas eléctricas y ventiladores y poco a poco se fueron rebajando los costosos equipos de aire acondicionado y los televisores; muchos nos acordamos de los reverberos, que calentaban pero no cocinaban.


Las voluminosas guías telefónicas eran de uso común para todo; los supermercados eran escasos y más caros que las populares bodegas; la música se escuchaba en la radio y más tarde en radios portátiles a transistores; las victrolas difundían constantemente música, te gustara o no, por cualquier esquina, aunque casi siempre era la que preferíamos;  la televisión a color era algo que vendría en el futuro; todos los uniformes de médicos y enfermeras eran blancos; los números telefónicos comenzaban con letras seguidas de cuatro dígitos; los controles del televisor eran botones que estaban en su mueble; uno de los lujos deseados por todos era tener un tocadiscos y si era automático, mejor, porque nos permitía disfrutar de nuestros artistas preferidos en la forma y momentos en que deseáramos. 


A pesar de que los taxis eran muy baratos, éstos se tomaban solo en ocasiones excepcionales o cuando íbamos con una carga voluminosa; quedaron atrás las llamadas guaguas de “palo” sin puertas y fueron sustituidas por las cómodas General Motor Coach, con suspensión de aire y puertas neumáticas; los viajes interprovinciales, fuera por tren o por ómnibus eran cómodos y asequibles a todos los bolsillos y los viajes aéreos fueron incrementándose y bajando sus tarifas; para los que no viajábamos en avión, quedaba una opción nada despreciable como la que yo empleé muchas veces, ir a la cafetería del aeropuerto, disfrutar de una deliciosa merienda y después ir a la terraza a ver partir y aterrizar los aviones, lo que fue una aventura muy deseada para mis hijos.


Todos jugamos con el hula-hula o hula-hoop;  no hubo excepción a salir con la novia que no fuera con una chaperona; muchos bailaron el rock and roll y el twist; las fiestas de quince años se celebraban con la música de los Platters y Paul Anka, pero también nos gustaba la Aragón y Benny Moré y tarareamos La Engañadora y El Bodeguero sin parar; todos aspiraban a tener un pantalón sin pliegues y sin bajos y una camisa McGregor y a hacerse un pelado tipo alemán y las hembras a tener una saya de paradera bien ceñida en la cintura y unos zapatos de tacón; mientras unos imitábamos a Elvis Presley con la mota y las patillas, otros al aparecer los Beatles, se dejaron el pelo largo, lo que en Cuba fue un grave problema.   Los que tuvimos acceso nos encantamos con el el View Master, que a pesar de su limitada colección de imágenes era un preferido y nos asombramos con sus vistas en 3D; la gasolina costaba una miseria, menos de 30 centavos el galón, que era como se vendía; el transporte público era una maravilla y a no ser en casos muy especiales se podía esperar la siguiente para no ir de pie; había más guaguas que personas y salvo después de las seis de la tarde en La Habana Vieja, donde se producían grandes tranques, el resto del día cumplían sus recorridos al mejor estilo inglés con una puntualidad no acostumbrada para el cubano.


Esperábamos con ansia el verano para ir a la playa y chuparnos unos mamoncillos y el invierno para comernos unas manzanas acarameladas; todos disfrutamos como una cosa curiosa ir a una fonda de chinos o a la cafetería del Ten cents o Woolworths ya fuera el de Obispo, el de Galiano o el de 23 y 12 y además ver todas las cosas admirables que vendían a muy bajos precios en esas tiendas; un deseo común era ir al Coney Island en la Playa de Marianao a montar los carros locos, las sillas voladoras y al que le gustara, la montaña rusa de madera que allí había; conocimos lo que era La Habana de día, visitando sus comercios interminable y sus intensas noches con anuncios lumínicos por dondequiera; el pan se compraba en la panadería y siempre había distintas especialidades recién horneadas con un olor que nos invitaba a comerlo. 


Fuimos a las cafeterías a comer perros calientes y batidos de trigo, de chocolate, de plátano, mamey o fruta bomba; disfrutamos de las fritas en los puestos callejeros, con sus riquísimas papitas a la juliana y los puestos de venta de ostiones y huevos de carey; conocimos los discos voladores y las cafeterías que los ofrecían tuvieron mucha aceptación, sobre todo los de queso y guayaba, hasta que los aparatos llegaron a las casas y se convirtieron en un preferido; nuestras madres y abuelas por lo regular no trabajaban en la calle, sino que se dedicaban a las tareas del hogar, por lo que los desayunos, almuerzos y comidas eran, para los estándares alimenticios de hoy, difíciles de comer por su abundancia y por sus componentes, muchos satanizados hoy en día.



Vimos cómo los turistas americanos desfilaban por La Habana vieja y hacían visitas al Sloppy Joe's, el Floridita y a las tiendas de artículos de piel, los llamados Alligator Goods; los vendedores de billetes de lotería, en puestos fijos o ambulantes, estaban por dondequiera, pero no se nos ocurría comprar alguno; los heladeros de Guarina, Hatuey o Santa Beatriz estaban dondequiera y los deseos de consumirlo eran permanentes, y aparecieron los puestos de frozen que fueron muy populares al principio pero nunca destronaron al helado; cuando teníamos dinero nos aventurábamos a disfrutar de un Coco Glacé o una Piña Glacé, un derroche financiero y una avalancha de sabor y mientras tanto consumíamos barquillos, paletas o los deliciosos bocaditos de helado; nos sentamos en el muro del malecón a comer maní tostado calentico o un tamal mientras disfrutábamos la brisa marina y tratábamos de descifrar los destellos de la farola del Morro.


Nos volvimos expertos conocedores de todos los muñequitos o cómics existentes, hicimos colecciones y buscamos las ofertas de números atrasados no vendidos para comprarlos a menor precio y creamos todo un submundo de trueque de esas publicaciones; esperábamos con ansia los periódicos de fin de semana para ver las tiras cómicas que traían; nos entusiasmamos con nuestras primeras lecturas de las obras de Salgari y Julio Verne, pasamos de largo por las novelitas de bolsillo del Servicio Secreto, el FBI y del oeste americano, seguimos con Las mil y una noches, Don Quijote de la Mancha, la Ilíada y La Odisea y después aprendimos a valorar los clásicos, comenzando por Victor Hugo, Stevenson, Dickens, Poe y Mark Twain y continuamos con Dostoievski, Tolstoi, Balzac, Hemingway,  William Faulkner, F. Scott Fitzgerald y George Orwell hasta llegar a Miguel Hernández, García Lorca y Neruda.

Belascoaín y Reina, a la derecha la Casa de los Tres Quilos y al fondo a la izquierda, tras lo que sería el Templo Nacional Masónico, estaba La Biblioteca.

Curiosamente de esa época de las cosas que más nítidamente conservo en la memoria son mis visitas a La Biblioteca, un punto de venta de libros y discos de uso que estaba en la calle Belascoaín esquina a Pocitos, justo al fondo del Edificio Masónico, y de paso enfrente a la Casa de los 1, 2 y 3 centavos, llamada popularmente “La casa de los tres quilos”.


Vimos con asombro y orgullo la construcción de los tres túneles habaneros, el de Línea, el de 5ta Avenida y el de la Bahía y en algunos nos aventuramos as cruzarlos a pie; cómo se erigieron los grandes rascacielos: el FOCSA, el hotel Habana Hilton, el Hotel Capri, el Hotel Habana Riviera, el Edificio Someillan, el Retiro Odontológico, el Retiro Radial y muchos otros; Vimos la construcción del Cristo de La Habana, la vía Monumental y el desarrollo de La Habana del Este; el desarrollo de Miramar y muchas otras obras, y gracias a todo ello la capital se constituyó en la ciudad más moderna y cosmopolita de la región.  No olvidamos nuestras primeras experiencias sexuales en lo más oscuro de los cines, en el Turf Club de Calzada u otro bar escandaloso o sintiéndonos hombres visitando el Teatro Shanghai o un prostíbulo del barrio de Colón.

Los trajes de los hombres pasaron de ser holgados, con amplias solapas y corbatas, a ser estrechos, ajustados, con solapas y corbatas estrechas, lo que fue cambiando con el tiempo y ahora vuelve a ser tendencia de la moda masculina, como muestra de que el pasado no pasa, siempre queda algo de él.


No todo fue miel sobre hojuelas, al aumentar la cantidad de carros disponibles, aumentó dramáticamente los accidentes donde estaban involucrados niños, entre ellos yo, aunque fue más susto que otra cosa y paralelamente hubo miles de casos de poliomielitis, en particular en la casa de al lado donde vivía, lo que hizo que tuviéramos que vacunarnos y vivir en un semi terror durante un tiempo por el temor a enfermarse, a que nos metieran en un horrible aparato o respirador mecánico llamado el pulmón de acero, donde solo la cabeza quedaba libre o de quedar lisiados como mi vecinita, contemporánea conmigo y con mi hermano.  Pero ni por asomo podríamos pensar que algo muy malo nos acechaba: un país muy diferente al que habíamos conocido.


Vivimos la dura etapa de la lucha contra el gobierno de Batista y algo peor, lo que vino después y por lo que tuvimos que renunciar a muchas de nuestras costumbres, heredadas de nuestros ancestros, como las navidades, los carnavales sanos, las celebraciones patrióticas y muchas otras; decir lo que uno piensa se convirtió en una prohibició y un tabú y aprendimos a callar y obedecer por no existir, para la inmensa mayoría, otra opción.  Hubo que asumir una cultura muy diferente a la nuestra, hasta la gastronomía cubana tradicional sufrió por las carencias y las nuevas costumbres y disponibilidades de productos y lo peor: tuvimos que asumir una doble moral resultante del miedo y la represión.


Mientras el mundo entero aplaudía el programa Apolo y la hazaña de haber llegado el hombre a la Luna, en Cuba se desconocía y ocultaba el hecho; la información disponible era la que el gobierno decidiera; la música, el cine y la literatura eran las que no criticaran al socialismo y el resto era prohibido.  Cuba se convirtió en el país en que lo que no estaba prohibido era obligatorio, no había opción para la voluntad personal.  

Convivimos con nuestros padres y abuelos y el relevo generacional tuvo que acostumbrarse a lo mismo, inclusive a vivir con sus bisabuelos si estos habían llegado a una edad avanzada.  Ello trajo como consecuencia un agravamiento del siempre presente conflicto generacional y aunque en Cuba no lo conocimos, había surgido la frase: “OK Boomer”, como reacción a las actitudes negativas o anticuadas de algunas personas mayores, que aseguraron que los Millennials o Generación Y y la Generación Z, nacidos después de 1979, poseían el síndrome de Peter Pan, como expresión de que nunca quieren crecer y piensan que los pensamientos utópicos e idílicos de su niñez se van a mantener en la adultez.


Por supuesto que no todos los Baby Boomers pensamos igual, en particular los que no tuvimos una vida reparadora del esfuerzo de toda una vida, como ocurrió en los países desarrollados, sino que vivimos no solamente sojuzgados y al final no tenemos ninguna recompensa como aquellos.  Los cubanos Baby Boomers que no se fueron de Cuba no saben lo que es tener una casa propia, ni un carro, ni viajar, ni disponer de una vida holgada para jubilarse, solo han tenido lucha, trabajo, carencias y han conocido el dolor de la separación de las familias.


Mientras los cubanos nos acostumbrábamos a aprender a vivir como mediocres marionetas, aparecía en el mundo la contracultura de los Boomers, luchando por igualdad social, política y económica, manifestándose contra la guerra en Viet Nam y los abusos en todas partes del mundo, surgieron los hippies con sus cabellos largos, el amor libre y el consumo de drogas y sobre todo con el rechazo a los políticos, todo ello resultante a que la mayoría de los Boomers, crecieron en una era de prosperidad, de subsidios para levantar el nivel de vida y estimular la economía durante la posguerra y con la esperanza de un mundo mejor, como así fue.

Mientras en muchos países se fueron creando todo tipo de facilidades para los Baby Boomers retirados, como es el caso de la Florida, con un clima más amigable que otros lugares de Estados Unidos, surgieron cientos de emisoras radiales especializadas en la música de los cincuenta, sesenta y  setenta y recreaciones propias para ese segmento, en Cuba los Boomers no tienen otras opciones sino ponerse a vender maní, inventarse una plaza como cuidador de parqueos o a cuidar un baño público, si no es que quieren morirse de hambre y necesidades, un destino muy diferente a sus compañeros generacionales en el resto del mundo.

No nos ha quedado siquiera el consuelo de ir nuevamente a algunos de los cines donde soñamos, cuando jóvenes, en tener una vida plena y feliz, porque ya no existen, o ir a centros turísticos, restaurantes u otros lugares donde disfrutamos porque han estado vedados para los cubanos y ahora no hay posibilidad financiera para acceder a ellos.  Todo ello nos lleva a que a diferencia del resto del mundo los Boomers cubanos hemos vivido sin esperanza y en una existencia mucho peor que el resto del mundo y de la Cuba que existió cuando nacimos y en nuestros primeros años.


El Baby Boomer cubano es algo así como un día me dijo mi amigo y maestro, Juan Carlos Oliva respecto a los trabajadores que cursaban estudios nocturnos de ingeniería por el llamado CPT (cepeté) o Cursos para Trabajadores: ustedes los “cepetianos” son un bicho raro, como los marcianos.  Lo que Oliva no sabía es que él también era un bicho raro, un Baby Boomer cubano.

Los Baby Boomers han destruido a América y ahora a otros Boomers  les corresponde repararla

En estos días turbulentos en que vivimos, hay quien dice que un Baby Boomer ha destruido a América y que hay que traer a otro Baby Boomer para que la arregle.  Se dice que los problemas de Estados Unidos, y aun los del mundo los han creado durante tres o cuatro décadas, los Baby Boomers, que son los que han estado dominando la vida política.


Se afirma que los días prósperos que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, hizo que esta generación se dedicaran a reducir los impuestos, asegurarse de que se legislaran programas que los protegieran a sí mismos e hicieron poco para proteger el medio ambiente, invertir en infraestructura y atenuar la crisis creciente de deudas educacionales.  Como vivieron una era donde casi todo el tiempo hubo pleno empleo, los salarios crecieron y a su vez la productividad a un ritmo mayor, hizo que los Boomers envejecieran junto con un modelo económico que no estimula la producción y alimenta la inequidad.


Este es un interesante análisis económico que pone el dedo en la llaga cuando analiza la llegada al poder de otro Boomer, el peor de todos, no como político porque no lo es, sino como persona y como ciudadano, el que hizo un recorte histórico de los impuestos, beneficiando a los más ricos y con el objetivo aparente de debilitar el gobierno.   Del resto del desastre que ha representado Donald Trump para los Estados Unidos y para la imagen y ejemplo de ese país líder de la democracia en el mundo, y para la crisis de valores que ha impregnado en su partido, sacando lo peor a flote, mejor ni hablo.                                                   

Sin duda, los otros Boomers, que han llegado al poder, lo han hecho con el apoyo y la esperanza de otras generaciones más jóvenes, que van a reclamar su lugar y lo que merecen en cuanto al legado que le han dejado los Baby Boomers.

Por nuestros hijos y nietos, y porque la democracia y la libertad prevalezca, deseamos que esta reparación se haga realidad.

                                            Woodstock


Eventos históricos relacionados con los boomers

Es muy halagador que haya habido eventos que definieron la generación de los Baby Boomers, como son el movimiento de derechos civiles, la elección del presidente más joven como John F. Kennedy, la marcha de Martin Luther King Jr. a Washington, El Acta de Derechos Civiles que cambió a América radicalmente, la llegada a la luna del primer hombre en el Apolo 11, el festival de música de Woodstock fue un momento cumbre del movimiento hippie, integrado por boomers, la caída de la Unión Soviética y el sistema socialista, entre otros.

Y hubo otros muy tristes, como fueron el McArtismo, la revolución cubana,la construcción del Muro de Berlín, la Crisis de los Misiles soviéticos en Cuba, el asesinato del presidente Kennedy y el de Martin Luther King Jr., el envío de baby boomers a la Guerra de Vietnam (se dice que el 40% de ellos sirvieron en el ejército), el escándalo de Watergate y la renuncia de Nixon fue un momento político definitorio como lo es el actual.  Y yo agregaría como el más triste el haber llevado a la Casa Blanca a un personaje tan negativo como Trump, apoyado (no puedo explicarme por qué) por más de la mitad de los Boomers, sobre todo de áreas rurales, blancos, evangélicos y super conservadores (quieren conservar las ideas obsoletas).

Pero lo cierto es que el conflicto generacional no da tregua y ahora las nuevas generaciones apuntan a los Boomers, con bastante razón, como los responsables de los problemas que ellos deben ahora afrontar y resolver.










lunes, 25 de enero de 2021

Los 500 años de La Habana

 


Los 500 años de La Habana

Hace casi tres años publiqué el artículo titulado: “La Habana DC: una ciudad en ruinas”, donde explicaba que una de las herencias malditas que nos dejó Fidel Castro es haber convertido a la hermosa, incomparable diría yo, ciudad de La Habana, en un amasijo de ruinas, un fenómeno único, provocado por el abandono, la desidia y la ineficiencia de su régimen.

Se ha escrito mucho sobre el tema, que es algo siempre presente en mi memoria, pero seguro que queda mucho por decir de esta ciudad maravillosa que se resiste a morir.  

La capital de todos los cubanos llega al medio milenio de existencia en las peores condiciones de toda su historia, y no solamente por las terribles circunstancias en que viven muchos de sus pobladores, sino también por una política represiva que hace que no todos los cubanos que la sienten como su capital puedan llegar a visitarla o permanecer en ella.  

Durante los primeros 450 años de vida la ciudad fue creciendo impetuosamente y 

tras varios siglos de contención por los frecuentes ataques piratas, en lo que a pesar de ello no dejó de crecer la Habana extramuros, el derrumbamiento de las murallas (siempre a lo largo de la historia ocurre así), propició un auge nunca antes visto.

Concluida la dominación española, los años de ocupación estadounidense contribuyeron a su modernización y a continuación durante la etapa republicana hasta 1958 , la Habana creció a un ritmo frenético y fantástico, de manera que si hablamos de La Habana en su máximo esplendor, es que nos estamos refiriendo a esta época.

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A pesar de que los cubanos vimos con mucho regocijo el desarrollo que había alcanzado, la imaginamos entonces, con los proyectos de los que se hablaba, mucho más encantadora, algo completamente opuesto a lo que ha llegado a convertirse.  

Cuando llegó el comandante y mandó a parar, como era su costumbre, definió que todo lo que existía y a cuya construcción él no había contribuido para nada, era denigrante.  La Habana, según su concepto, era una ciudad llena de vicios al servicio del imperialismo yanki, donde muy pocos podían vivir decentemente, y los proyectos de desarrollo de la ciudad solo eran negocios mafiosos para robar dinero y promover la corrupción, el vicio y la depravación.

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En los primeros años del triunfo revolucionario, recuerdo que pasaba diariamente en la guagua frente al Ministerio de Obras Públicas, situado en la Avenida de Carlos Manuel de Céspedes y 19 de mayo, al cual en el techo se le puso un letrero gigantesco que decía: "Revolución es construir".  Aquello nos daba esperanza de que todo iba a seguir su marcha, ahora con una república más justa y con más obras, más empleo y más desarrollo para mejorar la vida del pueblo.  Pero eso solo formaba parte del espejismo que estábamos viendo y con el tiempo nos dimos cuenta que el lema era otro muy diferente: “revolución es destruir”.

La Habana, cara y espejo de la involución cubana

Aquella Habana de mi juventud, eran esos tiempos donde todas las mujeres, cualquiera que fuera su posición social, no salían a la calle si no era bañadas, perfumadas, peinadas, con las manos arregladas y escrupulosamente cuidadas aunque solamente fuera para ir a un comercio  o al cine del barrio o coger la guagua para ir de compras.  Las empleadas de las tiendas iban vestidas, de negro en invierno y de blanco en verano, que parecía que iban a una fiesta, con medias de nylon, tacones y muy perfumadas y acicaladas y los hombres de traje y cuello y corbata.  Y la mayoría viajaba en guagua y las guaguas no tenían aire acondicionado, así que el que niegue el cambio climático es que tiene que estar descerebrado.

Aquella imagen de la gente era parte del atractivo habanero.  Cualquier ciudad que atrae habitualmente a los turistas tiene que tener algo particular que llame la atención y en el caso de La Habana, tenía muchos: su arquitectura, su clima, su ambiente festivo y la belleza de sus mujeres, entre otros.

Otras ciudades tienen galerías de arte de fama mundial, grandes festivales, antiguos monumentos de pasadas eras, o muy exclusivas bellezas naturales, pero La Habana tenía otros atractivos, únicos, irrepetibles.   Inclusive el carnaval de La Habana, que llegó a tomar una apariencia estereotipada con sus carrozas comerciales, sus mujeres danzando en ellas y en las comparsas, siguió siendo un carnaval sano y atractivo y sobre todo seguro y con mucha diversión.  Pero también La Habana estaba llena de tiendas de souvenir y artículos de piel de cocodrilo y todo a precios muy atrayentes, y salvo excepciones podía competir con otras metrópolis, en las que probablemente no había tantos casinos y otras ofertas como en ella ni tan seductoras o llenas de magia como no existían en otra parte.  Y por supuesto no había  ninguna en el mundo tan llena de música y de gente simpática y amable.


Todos los que visitaban La Habana la encontraban más hechizante que ninguna otra, una ciudad voluptuosa que invitaba a que a muchos les gustaría quedarse para siempre y los que podían lo hacían, muy diferente de ahora, que una buena parte de los habaneros y de los cubanos se han ido del país, entonces el cubano no emigraba y en cambio eran muchos los  extranjeros que querían irse a vivir a Cuba.

En la capital cubana todo ocurría espontáneamente, nadie llegaba a ninguna parte a tiempo, o no iban a donde querían inicialmente, porque se sentían envueltos en un clima cálido y narcótico que les inspiraba paz, así que optaban por lo que más les atrajera, porque en La Habana todo era distinto, inesperado, imprevisible, mágico.

Por lo regular las capitales de los países u otras ciudades más grandes e importantes, nos muestran la cara de esa nación, y ese es el caso de La Habana, y no necesariamente por el dicho de “La Habana es Cuba y lo demás es paisaje”, porque La Habana también era paisaje.


Pero con ella ha ocurrido lo menos pensado, bien triste por cierto.

No existe en la historia moderna ningún caso de una ciudad que sin haber pasado por guerra alguna en su territorio o haya sido devastada por un ciclón, un terremoto u otra catástrofe natural, que se haya deteriorado tanto y en tan poco tiempo como nuestra capital.    La revolución heredó una de las ciudades con mayor riqueza arquitectónica y urbanística de Latinoamérica y lejos de aumentarla o al menos mantenerla, se dedicó a destruirla. 

Hasta 1959 no había ninguna ciudad en Latinoamérica que superara a La Habana en atractivo.  Su encanto, su arquitectura, su clima y sus luces hacían junto con sus habitantes, alegres y amables, el lugar por excelencia a visitar y uno insuperable para irse a vivir.   Su principal competidora, Río de Janeiro, se quedaba muy corta, por lo que la hacía incomparable con cualquier otro lugar de América del Sur y el Caribe.  Era una mezcla de modernidad y exotismo, de historia y tradiciones, de bienestar con diversión, de tranquilidad y seguridad con oportunidades y para completar, muy cerca de los Estados Unidos.


Algunos elementos nos dan fe de ello, al margen de ser la preferida para muchos eventos internacionales, y filmaciones por parte de Hollywood y otras compañías cinematográficas del mundo, rodeados de un intenso proceso inversionista.

Un hecho notable fue cuando en marzo de 1958 se inauguró el hotel más grande, hermoso y moderno de América Latina y el mayor administrado por la cadena hotelera Hilton.  A la inauguración del hotel Habana Hilton acudió su presidente catalogando que había sido muy acertado el haberlo construido en La Habana, sobre la que no escatimó elogios.

El otro es el hecho de que Christian Dior, uno de los más famosos modistos  de todos los tiempos, contaba con solo dos salones de moda suyos fuera de París, uno en Nueva York, y el otro en La Habana, en la tienda El Encanto.


Y una de las cosas que hizo famosa a La Habana fue su vida nocturna, al nivel de París. Tenía uno de los más prestigiosos cabarets del mundo, el Tropicana, y otros de similar nivel y atractivo como El Sans Souci, el Montmartre, el Salón Rojo del Capri, el Parisién del Hotel Nacional y el Copa Room del Habana Riviera, así como cientos de clubes y bares de fama internacional como el Floridita y el Sloppy Joe 's.  También grandes parques de diversiones, hermosas playas cercanas, grandes tiendas y modernos teatros y cines, entre ellos el Teatro Blanquita con 5500 capacidades, el mayor del mundo.   Y en cuanto a cines, La Habana contaba con más cinematógrafos que Nueva York o París.

Si algo caracterizaba a La Habana de los cincuenta era sin lugar a dudas los anuncios lumínicos.  No solo sus principales avenidas, sino en cualquier parte podíamos encontrarnos los carteles de luces de neón y cuando caía la tarde parecía que nos hacían un guiño, que nos estaban llamando.  Todo tenía anuncios lumínicos, un mar de colores nos deslumbraba.

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Por muy modesto que fuera el negocio, no le faltaba un atractivo anuncio de neón, y le daban a la ciudad un esplendor que en algunos lugares no tenía con la luz diurna.  Engalanados como pocos lugares, se podía comparar con París, llamada la ciudad luz, un seudónimo que adquirió probablemente en el siglo XVII cuando se convirtió en la primera ciudad con alumbrado público para reducir el elevado índice de criminalidad o cuando este sistema de alumbrado en el siglo XIX se basó en gas e igualmente fue la primera en usarlo, lo que causó la admiración de todos los que la visitaban, mientras que otros consideran que "la Ciudad Luz" se refiere a cuando en el siglo XVIII París fue la capital de la filosofía, la cultura y el pensamiento político con los aportes de Voltaire, Rousseau y Diderot .  Pero La Habana fue la ciudad de la luz neon, sin duda alguna.

Por supuesto que los anuncios lumínicos tampoco formaron parte de las prioridades revolucionarias y el antiguo esplendor de los carteles de luces fue desapareciendo.  Los pocos que quedaban tampoco alumbraban porque ya allí no estaban los negocios que los originaron o se fundieron y además los masivos apagones, llevaron la oscuridad a todas partes.

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Y contrariamente a París, la oscuridad no solo fue de luz, sino también de ideas.  La idea era una sola y no se podía disentir de ella.

Pero afortunadamente, antes de ello la arquitectura cubana había destacado por muchas cosas, no solamente por monumentales obras como el Capitolio Nacional, las gigantescas fortalezas habaneras, la amplia construcción vial y numerosos edificios, rascacielos como el Someillan, grandes hoteles como el Nacional, el Capri, el Riviera y el Habana Libre y la gran ola de obras art-decó encabezada por el Edificio Bacardí.

La riqueza arquitectónica no está hecha por obras aisladas sino por construcciones generalizadas y eso es lo que le da a La Habana su valor, no por cien edificios sino por miles una masa de miles destacados por su particularidad, sus columnas, fachadas, portales y arcos.

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El cambio de sociedad con la revolución no la transformó en lo absoluto, y solamente destaca porque fue en la periferia habanera donde se hicieron la mayoría de las nuevas construcciones, como la “anti ciudades” de Alamar o San Agustín.

Mientras tanto los edificios sin dueños que se ocuparan de su mantenimiento y las casas con dueños sin recursos, fueron conformando los cambios de la capital.

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Los logros de la arquitectura cubana

Mucho se han mencionado, comparándolo con las Siete Maravillas de la Antigüedad, las Siete Obras Maestras de la Ingeniería Civil Cubana como una muestra del desarrollo cubano, pero curiosamente todas fueron concebidas y financiadas antes del triunfo de la revolución.  Y sorprendentemente, algunas se ejecutaron simultáneamente.


Estas obras fueron:

El Acueducto de Albear

El Túnel Sifón del Alcantarillado de La Habana

La Carretera Central de Cuba

El Túnel de la bahía de La Habana

El Edificio FOCSA

El Puente de Bacunayagua

El Viaducto La Farola

A esta última la revolución se quiere atribuir su obra, pero ya había sido diseñada, financiada y comenzada a ejecutar al triunfar el gobierno revolucionario.

Mientras tanto numerosas construcciones ejecutadas en esos años, demandaban financiamiento, mano de obras y muchos recursos.  Era igual que la zafra, que nadie se enteraba cuando comenzaba y cuando concluía y se producían cifras récord de azúcar de acuerdo con la demanda del mercado.  

Al llegar la etapa revolucionaria, con todos los elementos en sus manos, les tomó tres décadas concluir un mísero edificio de microbrigadas y ahora hasta para construir o remodelar hoteles tiene que importar obreros indios porque los trabajadores cubanos son improductivos porque no tienen estímulo y además se roban todo lo que puedan.

Por supuesto que por estas mismas razones, las grandes obras acometidas por la revolución, por lo regular ninguna se han concluido, como el triste caso de la Autopista Nacional, y las que lo han hecho, no han sido mantenidas debidamente y están en ruinas.

No quiero siquiera imaginar ninguna de las Siete Obras Maestras ejecutadas por una empresa socialista.   Mejor ni pensar en eso porque nunca se hubieran ejecutado o terminado y su explicación es muy simple, aparte de la ineficiencia del sistema: la mano de Fidel Castro metidas en ellas.

Voy a tener que creerme que es cierto lo que se dice de que Fidel Castro odiaba a La Habana y todo lo que ella representaba de desarrollo y de influencia del mundo capitalista, en particular de Estados Unidos y ese sentimiento se reforzó cuando fue rechazado en la Universidad de La Habana por sumarse a un grupo de "bonchistas" (léase criminales o gángsters), casi todos hijos de ricos como él, que no iban allí a estudiar, sino a hacer lo que se les viniera en ganas como buenos hijos de papá..


A Fidel Castro jamás le interesó la arquitectura ni la construcción, de ahí su rechazo y envidia contra José Antonio Echeverría, porque el estudiante de arquitectura tenía un nivel de liderazgo y era el presidente de la FEU, un cargo que él no pudo alcanzar en su paso por la escalinata, porque estaba catalogado como un pandillero y no como alguien a quien respetar.  Decía Martí: "Los hombres se dividen en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen".  Fidel Castro fue de los segundos.

Por eso cuando se hizo del poder, metió a los arquitectos en el mismo saco de los artistas e intelectuales, los consideró problemáticos y definió que la cultura tenía que estar solamente a favor de la revolución, sin excepción alguna.

De ahí que  la arquitectura, la construcción y el diseño no tuvieron mucho espacio en la Cuba de Castro, porque éste consideraba la estética como una parte de la mentalidad burguesa.

Pero eso no quitó de que Fidel Castro se las diera de gran sabedor de todo, y por ello se consideró, aunque no lo fuera, el mejor y más entusiasta impulsor de la arquitectura, la ingeniería civil, la construcción de presas, desecación de pantanos y cualquier otra esfera del saber humano, como conocemos.  Su ego y narcisismo, algo que se repite en políticos contemporáneos, como el ejemplo del millonario ególatra que llegó a la Casa Blanca como una aberración de la política norteamericana, sólo llevan al caos.

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La historia no lo absolverá

Cuando se analice la historia de Cuba seriamente, se valorará que el mayor error de los opositores al gobierno de Batista fue apoyar la rebelión encabezada por Fidel Castro.  Con los antecedentes que tenía este personaje, de matón y revoltoso, que hizo el papel de capitán araña en su fantasioso asalto al Cuartel Moncada, (incitó y lideró una guerra que costó decenas de miles de muertes, pero él no sufrió ni un arañazo) no debía haber sido apoyado por ninguna de las fuerzas políticas y económicas del país.

 Desde antes de la Sierra Maestra y ya en ella, había hecho la promesa de librar al país de una dictadura, celebrar elecciones y restablecer la Constitución de 1940 y la democracia.  Para ello aseguró que cumpliría con su programa, un alegato al que tituló “La Historia me Absolverá”.

En este documento aseguró que resolvería el problema de la vivienda, eliminaría los barrios marginales e insalubres y que en Cuba había “ piedras y brazos de sobra para hacerle a cada familia cubana una vivienda decorosa”.

Por supuesto que todo ese documento está plagado de mentiras populistas, y si cumplió parcialmente algunas fue solamente como un medio de convencer a los dudosos, pero el resumen es que con respecto a su afirmación de resolver los problemas de vivienda, todo ha sido un fiasco.  Y ni hablar de que coartó todas las libertades.


La revolución multiplicó Las Yaguas

La promesa revolucionaria de erradicar los barrios de indigentes solo se cumplió con el llamado barrio de Las Yaguas.  Pero con la política de desatención a la vivienda y la muy limitada construcción de otras nuevas, el ejemplo de Las Yaguas con el tiempo se multiplicó exponencialmente.

Gracias a la inacción del gobierno revolucionario se crearon miles de barrios miserables a lo largo y ancho del país y se incrementó de forma imparable el número de sus moradores.   Estos asentamientos levantados con cualquier cosa disponible no poseen electricidad, agua ni alcantarillado, son focos de enfermedades y lugares propicios para la delincuencia de todo tipo, el tráfico de drogas y la prostitución.

Algunos de sus nombres lo dicen todo:  La Güinera, Los Pocitos, El Fanguito, La Timba, La Jata, Palo Cagao, Atarés, La Escalera, El Hueco, Indaya, Los Mangos, Cambute, La Isla del Polvo, Alturas del Diezmero, El Tropical, Ruta 11, Carraguao, El Canal, El Plátano, Las Cañas, Núñez, El Casino, Palenque, Los Bloques, La Corea, La Cuevita, La Loma del Burro y muchos más y algunos están ubicados en o muy cerca de la zona metropolitana de la capital.


Y lo mismo ocurre en todas las grandes ciudades de la Isla, nunca antes hubo tantos barrios marginales tan miserables y con tantos miles de cubanos viviendo en condiciones similares a las de la Edad Media.  

Y el surgimiento de estos barrios insalubres son la única solución a dos problemas, el de la escasez de viviendas y el de la ilegal y única en el mundo, prohibición de la migración interna hacia la capital del país.

Muchos cubanos viven en la pobreza extrema gracias a "la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes", como la definiera el gran líder cuando declaró el carácter socialista del régimen el 16 de abril de 1961.

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¿Cuál es la situación hoy en día?.

La condición de la vivienda actualmente es la peor en toda la historia de Cuba.

Comencemos por compararla con la situación de la vivienda en el campo cubano antes de la revolución

El bohío, herencia de taínos y siboneyes, es un tipo de vivienda anacrónica e insalubre con piso de tierra, ausencia de letrinas adecuadas, sin privacidad, y era la media de habitáculo del campesino.   Se crearon campañas y se construyeron a orillas de las carreteras unas cientos de casas de mampostería, pero que solamente representaban una gota de agua en el mar de la problemática.

El bohío era fuente de parasitismo por los pies descalzos de sus moradores, sobre todo los niños porque un tercio de los cientos de miles de bohíos tenían piso de tierra.


Por supuesto que ese no era un problema exclusivo de Cuba, sino mundial y muy particularmente en América Latina, y sesenta años después del triunfo de la revolución, el problema probablemente se ha resuelto en cuanto a los pisos, pero se mantiene en cuanto a la calidad de vida en estas viviendas que siguen pululando en el campo cubano.

Por suerte Cuba ha tenido un crecimiento demográfico revertido en las últimas décadas y durante las primeras décadas del periodo revolucionario, la emigración hacia centros industriales y poblados casi ha dejado los campos sin habitantes, pero esos mismos que lo abandonaron han tenido que ubicarse en muchos casos en viviendas insalubres y sin condiciones.

En el campo eran muchas las casas de madera, casi la totalidad aparte de los bohíos, la casita de tablas y de tejas eran lo mejor a lo que podían aspirar.  Y los que emigraban se veían obligados a construir una de este tipo, si contaban con recursos y habían conseguido trabajo o se vieron obligados a vivir en solares, cuarterías o ciudadelas, algunos con la familia entera compartiendo un solo cuarto, y esos fueron los más afortunados.   El solar es una vergüenza nacional y con la revolución, casi el país entero se ha convertido en un solar, ante la no existencias de posibilidades de contar con una vivienda.  El solar es una de las formas más terribles de desamparo a la vida decente, una habitación estrecha donde hasta el aire que se respira es racionado.

Los campesinos también por lo regular nutrían los barrios de indigentes porque su salida del campo los llevó al más bajo nivel de pobreza posible.

El problema de las viviendas habitables baratas para el pueblo menos favorecido no es que no haya tenido solución, es que ahora está peor que nunca.  Creo que hasta los taínos estaban mejor que el cubano de a pie de hoy.


Siete millones y medio de cubanos, casi un setenta por ciento de la población, no tienen vivienda o nunca la han tenido, hay un déficit de casi novecientas mil viviendas y más de la mitad de las existentes están en mal estado.  No voy a hablar de lo otro, casi todas las generaciones posteriores al triunfo de la revolución no han sabido lo que es tener una vivienda propia y han coexistido en las existentes con los abuelos, los padres, los hijos, los nietos y hasta los bisnietos.  Y lo peor, no se vislumbra posibilidad alguna de que esto cambie.

Hoy existen en la capital miles de edificaciones en ruinas, apuntalados, agrietadas y a punto de derrumbarse. Hay escombros por dondequiera, en algunos casos nos permite compararlas con zonas de las ciudades bombardeadas y testigos de la cruenta Segunda Guerra Mundial, como fueron Stalingrado, Londres, Dresde, Hamburgo o Tokio.  A ello se le suman basureros por doquier, aguas albañales desbordadas y vectores en abundancia nunca antes vista y es preciso estar alerta porque si uno se descuida te puede caer encima las inmundicias lanzadas desde un piso alto.

Solamente en La Habana se derrumban como promedio tres viviendas diariamente, más de mil al año con el saldo de muertos y heridos.  Una lluvia fuerte o un ciclón, inevitablemente va seguida de numerosos derrumbes.

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La Habana del Siglo XXI se puede definir como una ciudad que se desmorona a la par de sus habitantes, inmersos en una sociedad en blanco y negro, descolorida y desconectada del mundo real, con un sistema político devastador, sin guía para salir del atolladero.

No se oye hablar de planes urbanísticos ni desarrollo habitacional, solamente de la  construcción de lujosísimos hoteles destinados a engrosar las arcas de los que controlan al país.  A los gobernantes cubanos no les interesa luchar por el bienestar del pueblo y ello incluye la decrepitud de la capital.  Su legado va a ser un pequeño grupo de la cúpula de poder que se han vuelto millonarios y un país sumido en la miseria total, material y espiritual.

Como me comentó una vez un amigo ingeniero civil, cuando se acabe todo este desastre que nos ha dejado la revolución, lo más conveniente será pasar un ejército de bulldozers, comenzando en la península de Guanahacabibes y terminando en la Punta De Maisí, echándolo todo al mar y después reconstruirlo todo de nuevo, hay que erigir una nueva Cuba.

Da ganas de llorar cuando uno compara a Hiroshima y Nagasaki tras haber sido víctimas de las bombas nucleares y treinta años después verlas en su plenitud, y hacer similar comparación con La Habana de 1958 y la actual.  Dos ejemplos diametralmente diferentes resultantes de dos mentalidades muy distintas.

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Podían haberse ahorrado los actos y los fuegos artificiales de celebración del medio milenio de existencia de una hermosa ciudad que se extingue y en lugar de ello aliviar en algo la vida de los habaneros.

Pero a pesar de todo, si París bien valía una misa, La Habana, ¡Oh, La Habana!, también, o más lo vale, porque abandonada a su fatalidad, se niega a sucumbir.

Por eso los que estamos lejos de ella nos vemos reflejados en el poema de Fayad Jamís "Si no existieras":


"Mi ciudad de La Habana.

Si no existieras, mi ciudad de sueño

En claridad y espuma edificada,

Qué sería de mí sin tus portales,

Tus columnas, tus besos, tus ventanas.

Cuando erré por el mundo ibas conmigo,

Eras una canción en mi garganta,

Un poco de tu azul en mi camisa,

Un amuleto contra la nostalgia."

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