jueves, 10 de octubre de 2019

Frida


Frida

Saber que una perrita que ha compartido su vida con uno se muere es triste, pero más triste es cuando uno la deja atrás, sabiendo y teniendo la certeza de que no la vas a ver más.  Y eso es lo que me ha ocurrido con otro pedazo de mi corazón que me abandona.  Frida, la perrita cojita infeliz, que pudo ser feliz con nosotros los últimos seis años de su vida, ha muerto.

Esto ocurrió hace más de tres meses y Carlitos, mi hijo mayor, el que vive en México, no se atrevía a decírmelo y hasta en el momento en que tuvo el coraje de dármelo a conocer, su voz se rajó.  Y es que nosotros somos de los que sienten a los perros como parte de nosotros, son también nuestra familia y como tal los amamos y sentimos su partida.  Y este es un hecho de mi memoria que no puedo dejar de narrar. 

Un día se apareció debajo del carro en el parqueo.  No quería salir a pesar de que le pusimos agua y comida y era un día muy frío.  Al segundo día ante mi requerimiento se acercó y tomó agua y un pedazo de carne que le di con la mano.  Era una perrita muy peluda y que se arrastraba con mucho trabajo.  A los pocos días salió de debajo del carro y vimos que le faltaba la patica derecha trasera, en la que le quedaba un muñón.

Le seguimos dando agua y comida, la que devoraba rápidamente y volvía a acostarse bajo el carro.  Pero un día comenzó a llover muy fuerte y hacía mucho frío, así que la llamamos, nos siguió y la acostamos dentro de la casa en unos trapos.  Recelaba porque en la casa estaban Tequila, Lía y Mupy, tres perras en un pequeño apartamento, pero ninguna de ellas, salvo Tequila, como buena Chihuahua, sintieron celos de ella.

Los días siguientes, cuando varias veces al día sacábamos a las cuatro perritas a hacer sus necesidades, la perrita coja salía junto con las otras, pero hacía rápidamente sus necesidades y regresaba corriendo primero que ninguna otra, como temiendo que la volvieran a dejar afuera.

Le curamos la patica, la bañamos, la pelamos y le pusimos como nombre Frida, nombre muy mexicano y que se le ocurrió a mi nuera Pilar, como mera mexicana.  Frida resultó ser una perra tranquila, que le gustaba dormir pegada a Mupy y que era muy delicada para comer, porque lo hacía muy lentamente igual que ella, pero no se dejaba dar cañona por otras perras a las que ronroneaba cuando pretendían, como Lía, la glotona mayor, quitarle lo que no se había comido.

Y Frida, con fuertes rasgos de Schnauzer, tenía una virtud insospechada: cuando alguien llegaba a la casa, no tomaba ninguna acción, si era una niña o una mujer no había problemas, pero ante un niño o un hombre, al retirarse, justo en la entrada de la casa, se le tiraba a los tobillos a morderlo.

La causa: o era un sentido de protección a sus amos, o simplemente reminiscencias de aquellos que la habían maltratado a patadas y quizás le habían provocado la pérdida de su patica, por golpes, cohetes o fue arrollada por un carro, quién sabe.

En las películas la gente se pone a llorar desconsoladamente cuando muere una mascota.  Yo pensé que eran exageraciones, pero cuando murió Mupy, y después Lía, entendí el por qué. Ya no estoy cerca de donde dormía o comía, pero igualmente extraño su presencia en cualquier parte de la casa cuando se me acercaba.

No en balde se dice que en particular en Estados Unidos se gastan billones de dólares al año en las mascotas, fundamentalmente perros y muy usualmente le asignan asientos en la mesa y les crean cuentas en las redes sociales.  Su muerte tienen algo más que una justificación como las que había años atrás: era solo una mascota, solo un perro.

La muerte de Frida es también una fuente de tristeza y hay razones para ello.  Cuando una mascota muere no hay se siente que se fue algo que nos hacía la comida o nos cortaba la hierba o nos ayudaba en las tareas domésticas.  No se hace un funeral ni se le brindan los respetos, es solamente una pérdida y queda de ella, visualmente una casita, una camita y un depósito para comer vacíos, pero en el interior nos queda un confundido apego entre lo que somos ahora que no está y lo que éramos cuando estaba a nuestro lado y era nuestra.

Frida, igual que Mupy y hasta que Lía, que fue mucho más en mi vida, era como un hijo más, que nos protegía y a la cual protegíamos por lo que nos brindaba de lealtad y cariño, real y únicos como saben solo darlo los perros.  Agua, comida y cama a cambio de algo que no se puede comprar y no tiene precio: un amor incondicional e ilimitada alegría que parecen irreales.

Somos muy afortunados de haber compartido nuestras vidas con estas preciosas criaturas, como lo fue Frida.  No la olvidaremos y seguro que ella tampoco olvida sus buenos y últimos años que pasó con nosotros.



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